Don Miguel de Cervantes, feminista invitado al blog de Amaturum

Sí, lo sé. Suena raro. Don Miguel de Cervantes Saavedra, el del Quijote, ¿invitado al blog de sexología de Amaturum? Así es. ¿Que por qué? Porque me encanta su forma de entender y contar las relaciones entre hombres y mujeres, a todas luces discordantes con la época en que vivió, e incluso progresistas para nuestros días. Y como estamos conmemorando los 400 años de su muerte, creo que no hay momento mejor que ahora para hablar de él.

Cervantes, feminista invitado al blog de sexología de Amaturum

Resulta que don Miguel fue feminista siglos antes de que el término existiera, y su obra incluye a montones de mujeres en todos los papeles imaginables. A mí me gusta especialmente el episodio de la pastora Marcela y Grisóstomo. Pero necia sería yo si quisiera reemplazar con las mías las palabras del genio, así que le dejaré a él la responsabilidad de este texto, y sólo voy a hacer un pequeño resumen de las circunstancias en las que ocurre el precioso discurso de Marcela. Como siempre, si quieres este artículo completo en PDF puedes descargarlo aquí.

En una de sus andanzas caballerescas se encuentran Don Quijote y Sancho Panza en una aldea, a la que llegan unos cabreros contando que la víspera ha muerto un tal Grisóstomo, y todos se dirigen a su entierro. Se ha quitado la vida porque su amor por Marcela, una bella pastora, no fue correspondido.

Grisóstomo era un hijodalgo rico que volvía a sus tierras tras estudiar varios años en Salamanca. Tenía fama de sabio, y era buenmozo y joven. Un día conoció a Marcela y por amor a ella se vistió de pastor y se fue al monte a rondarla, en compañía de un buen amigo.

Marcela, por su parte, era la hija huérfana de unos padres ricos, que vivía con su tío cura. Era muy hermosa, por lo que tuvo muchos pretendientes, pero ninguno de su agrado. Así que un día decidió hacerse pastora e irse al monte a cuidar cabras y a vivir tranquilamente.

Cuando Grisóstomo, igual que muchos otros antes que él, “le declara su pensamiento, tan honesto como enamorado”, ella lo agradece amablemente pero lo rechaza. Entonces él se suicida.

Cuando los cabreros narran la historia se refieren a ella como “la pastora homicida”, o “la enemiga mortal del linaje humano”, y en cambio dicen de él que aunque era un hombre tan maravilloso, fue víctima inocente de la maldad de ella:

“Quiso bien, fue aborrecido; adoró, fue desdeñado; rogó a una fiera, importunó a un mármol, corrió tras el viento, dio voces a la soledad, sirvió a la ingratitud, de quien alcanzó por premio ser despojos de la muerte en la mitad de la carrera de su vida, a la cual dio fin una pastora a quien él procuraba eternizar para que viviera en la memoria de las gentes…” (1)

Y en esto se hallaban en medio del entierro, cuando se presenta ella. Los cabreros la increpan, preguntándole si viene a vanagloriarse de su hazaña o a humillar al muerto, y es entonces cuando Don Miguel pone en su boca este precioso ideario, en el que en resumidas cuentas argumenta que no tiene la obligación de amar solo por ser amada, y que ser bella no es su mérito, sino obra de la naturaleza, que no la obliga a amar por obligación:

“—No vengo, ¡oh Ambrosio!, a ninguna cosa de las que has dicho —respondió Marcela—, sino a volver por mí misma y a dar a entender cuán fuera de razón van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo me culpan; y, así, ruego a todos los que aquí estáis me estéis atentos, que no será menester mucho tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una verdad a los discretos.

Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera, que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura, y por el amor que me mostráis decís y aun queréis que esté yo obligada a amaros.

Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y más, que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir «Quiérote por hermosa: hasme de amar aunque sea feo».

Pero, puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas hermosuras enamoran: que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, sería un andar las voluntades confusas y descaminadas, sin saber en cuál habían de parar, porque, siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser los deseos.

Y, según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario, y no forzoso. Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis bien? Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me hiciera fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades? Cuanto más, que habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que tengo, que tal cual es el cielo me la dio de gracia, sin yo pedilla ni escogella.

Y así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser reprehendida por ser hermosa, que la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado o como la espada aguda, que ni él quema ni ella corta a quien a ellos no se acerca.

La honra y las virtudes son adornos del alma, sin las cuales el cuerpo, aunque lo sea, no debe de parecer hermoso. Pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y al alma más adornan y hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es amada por hermosa, por corresponder a la intención de aquel que, por solo su gusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda?

Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos: los árboles destas montañas son mi compañía; las claras aguas destos arroyos, mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y espada puesta lejos.

A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras; y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo, ni a otro alguno el fin de ninguno dellos, bien se puede decir que antes le mató su porfía que mi crueldad.

Y si se me hace cargo que eran honestos sus pensamientos y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digo que cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir en perpetua soledad y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él, con todo este desengaño, quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento, ¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino?

Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor intención y prosupuesto. Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido: ¡mirad ahora si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa! Quéjese el engañado, desespérese aquel a quien le faltaron las prometidas esperanzas, confíese el que yo llamare, ufánese el que yo admitiere; pero no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito.

El cielo aún hasta ahora no ha querido que yo ame por destino, y el pensar que tengo de amar por elección es escusado. Este general desengaño sirva a cada uno de los que me solicitan de su particular provecho; y entiéndase de aquí adelante que si alguno por mí muriere, no muere de celoso ni desdichado, porque quien a nadie quiere a ninguno debe dar celos, que los desengaños no se han de tomar en cuenta de desdenes.

El que me llama fiera y basilisco déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida ni los buscará, servirá, conocerá ni seguirá en ninguna manera.

Feminismo en el Quijote. Pastora Marcela. Amaturum, sexología

Que si a Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por qué se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza con la compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda el que quiere que la tenga con los hombres? Yo, como sabéis, tengo riquezas propias, y no codicio las ajenas; tengo libre condición, y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a este ni solicito aquel; ni burlo con uno ni me entretengo con el otro.

La conversación honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene. Tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera.”(2)

Sin esperar respuesta, Marcela se marcha. Algunos quieren seguirla, pero Don Quijote entiende que ella no lo desea, y decide actuar como caballero y socorrerla, impidiendo que nadie la moleste so pena de conseguir que él se enfade. Y dice:

“Ella ha mostrado con claras y suficientes razones la poca o ninguna culpa que ha tenido en la muerte de Grisóstomo y cuán ajena vive de condescender con los deseos de ninguno de sus amantes; a cuya causa es justo que, en lugar de ser seguida y perseguida, sea honrada y estimada de todos los buenos del mundo, pues muestra que en él ella es sola la que con tan honesta intención vive.”(3)

Creo que poco más puedo añadir.

Cervantes feminista. Amaturum, sexología

Referencias:

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©Ana María Caro. Este artículo puede ser compartido, reproducido, leído y comentado de cualquier manera, siempre que se cite su origen y autoría

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